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Cartas de un estoico 21 – Resumen y principales conclusiones

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En Cartas de un estoico 21, Lucilio parece querer dejar su cargo. Se sabe que Lucilio era procurador en Roma. Lo que no estaba claro es si abandonaba su puesto por jubilación, lo que le aconsejaba Séneca en la carta 19, o si intentaba conseguir otro trabajo. Séneca le dijo a Lucilio que si estaba tratando de encontrar un «estado ideal de calma» al dejar su trabajo, entonces había olvidado que la fuente última de la paz es el interior. A continuación, hizo la siguiente analogía. «Hay la misma diferencia entre estas dos vidas que entre el mero brillo y la luz real; esta última tiene una fuente definida dentro de sí misma, la otra toma prestado su resplandor; la una es invocada por una iluminación que viene del exterior». Los estoicos han dicho en repetidas ocasiones que cualquier placer que obtengamos de cosas externas como el poder, la fama y la riqueza es efímero porque la fortuna puede arrebatárnoslo en cualquier momento. La única fuente duradera de felicidad, que no nos puede ser arrebatada, es nuestro estado de ánimo, con las percepciones correctas, y mediante la práctica de las virtudes.

La siguiente idea clave de la carta es ingeniosa. Séneca dijo que si quisiéramos aumentar cualquier cosa que deseamos, tenemos que disminuir el deseo mismo que nos hizo anhelar esas cosas. Para demostrarlo, cita una carta que Epicuro envió a su amigo Idomeneo: «Si quieres enriquecer a Pitocles, no aumentes sus reservas de dinero, sino disminuye sus deseos… si quieres que Pitocles tenga placer para siempre, no aumentes sus placeres, sino disminuye sus deseos». El problema no es que deseemos cosas, sino que dejamos nuestros deseos sin control. Nuestros deseos son insaciables y si no tenemos presente este simple hecho humano, nuestros deseos nos harán desgraciados. Nos convertimos en prisioneros de nuestros deseos. Para liberarnos de este bucle infinito, los estoicos siempre nos han enseñado a practicar la templanza, una de las cuatro virtudes cardinales estoicas.

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